miércoles, 24 de noviembre de 2010

El Dios de la Lluvia


Kúdan a muerto, o al menos eso parece. Tres días quejándose y alucinando con un supuesto dios de la lluvia dorado y andrógeno como una escultura de bronce, terminan en silencio.
La verdad no sé si está muerto. Debería comprobarlo, pero al igual que Tiberio y Cerutti, no tengo las fuerzas suficientes siquiera para hablar. Mi lengua esta hinchada y pegajosa, la boca y la piel secas, la nariz caliente e irritada, como si aspirara vidrio. Es insoportable.
Es como estar muriendo de a poco, como estar siendo cremado muy lentamente, tal como en los funerales de la aldea. Quemado sobre troncos hasta las cenizas y luego metido en una bolsa de piel de cerdo y lanzado al mar, a las profundidades y a la oscuridad, a dormir junto a peces y cangrejos que, lo más probable, es que usen las calotas, o las cavidades de los ojos como cuevillas para dormir.
-Si hubieras sido menos escrupuloso, estarías vivo – balbuceó Tiberio, hablar en nuestras condiciones es un proceso doloroso, pero al parecer, el no tiene dificultad alguna, excepto por la garganta seca, que hace que su voz no sea más que un silbido ronco, como ronroneo de un gato viejo.
Respecto a Kudán, por el momento es imposible saber si esta muerto o no. Es sólo que ya no se queja, quizás duerme, pero yo creo que está muerto. Cerutti también lo cree, pero él no lo ha visto, sólo lo oye, no puede abrir los ojos pues se le hincharon, “están blandos”, me dijo ayer.
-Debiste beber tu orina, querido amigo- Le dice Tiberio al muerto, que yace acostado, a pleno sol, cocinándose a fuego lento.
El sol me llega en la cara, duele. Hago un esfuerzo y ruedo la sombra. El único lugar es al lado de Cerutti, que no hace más que respirar como asmático, y balbucear unas cuantas cosas, las más sin sentido. Al menos sabemos que aún vive.
-Una gaviota- dice Tiberio, levanto la vista y efectivamente, allá arriba hay un pájaro, pero no me parece una gaviota, sino un carroñero de mayor tamaño- Significa que hay tierra cerca- Traté de sonreír pero no pude, mi piel es tan elástica como el cuero de un zapato.

El mar está calmo. Se pueden ver los peces nadar bajo nuestro bote. Creo que de vez en cuando oigo a Kudán hacer algún ruido, alguna especie de gruñido. Tiberio, que está al lado de Kudán, me mira y comienza a reírse, yo lo miro con cara de no entender y se ríe aun más.
- Mira -dice, y en un esfuerzo superior, estira uno de sus brazos y saca del agua una de las piernas de Kudán. Bajo la rodilla oscura, pero a la vez blancuzca por la sal, se ven cantidad de manchas rosadas, mordidas en lugares azarosos que se van volviendo más frecuentes hacia el pie, donde del dedo gordo no queda más que un par de huesos y tendones. Ahora está claro.

Kudan a muerto.
Que el dios de la lluvia lo acoja en su seno.

Desde la pierna aun emana algo de liquido. Parece sangre aguada.
-Tiberio ¿nos podemos beber a Kudán?
-Lo que le chorrea es agua de mar, si la bebes te enfermas- me dice y sonríe, su piel tensa no aguanta y se le raja el labio. Una pesada gota de sangre se escurre y le mancha el único diente que le queda. Se lo limpia con la lengua áspera, suena como lija. El labio roto queda seco.
La pierna de Kudán descansa en el bote, tras unos minutos está seca.
-Si quieren me beben a mi- murmulla Cerutti, quejumbroso, quizás intentando llorar, pero sin lagrimas que puedan demostrarlo.
-Olvidalo, tu sangre debe tener sabor a mierda- Dice Tiberio, intento reírme y siento como se me raja el labio, lentamente, y un calorcillo en la piel abierta. Busco sangre con mi lengua gorda y torpe, pero nada. Sólo me queda el dolor en el labio, en la lengua pegajosa contra el paladar. Mi labio esta seco.
Se dice que un hombre con sed es capaz de matar a otro. Nosotros no creemos en eso, y además estamos demasiado cansados como para hacerlo.

*           *           *
De noche todo el asunto es más soportable, la brisa humedece los labios, los párpados, la piel de los brazos y las piernas. Acaricia como lo haría mi mujer, si tuviera una.
Cerutti cree que morirá mañana. Tiene las cuencas de los ojos vacías, le dolían tanto que se reventó los ojos con una astilla. Y simplemente dejo que le corriera el liquido por las mejillas, como si llorara. Pero no lloraba, sólo era ese humor acuoso que me daban ganas de quitarle a langüetazos de la cara. Y sólo cuando estuve sobre él, sacando mi lengua seca y áspera para ponerla sobre su rostro, sobre las cuencas semi-vacias de sus ojos, con todos los músculos vencidos y agarrotados, acalambrándose, por el esfuerzo de mantenerme sobre su cuerpo. Sólo entonces, me di cuenta que no era agua, si no el liquido que fluía de sus ojos vacíos. Dejé al pobre Cerutti tranquilo, “bébete tu propia agua” le decía en mi mente. Al final, creo que no se la tomó, dejo que fluyeran por sus mejillas duras y deshidratadas. Creo que sólo quería llorar.

Tiberio mira el océano. La luna se refleja justo frente a su cara, formando una especie de camino plateado sobre el agua quieta. Está tranquilo, incluso podría decirse que disfruta del momento. Es lo único que nos queda, ver las últimas cosas bellas antes de sucumbir al infierno que se nos presentan cada día.
-La noche es una tregua- dice Cerutti, “llorando” aún- Es el momento en el que el dios de la lluvia descansa y planea cuanto calor habrá mañana, cuantos pájaros de muerte volaran sobre nosotros, quien morirá...

Aun tengo el sabor a orina en la boca. Es el precio que hay que pagar para seguir vivo. Es lo que hace la diferencia entre un medio fiambre, como Cerutti, y un fiambre entero, como Kudán.
Tiberio se incorpora con dificultad y toma a Kudán por la camisa, lo arrastra hacia sí, y luego lo pasa por la borda. Mientras el cuerpo aún flota, Tiberio le da un empujón por ese camino de plata que marca la luna llena, casi puesta sobre el océano.
-Es lo único que puedo hacer por ti- Le dice al muerto, mientras lo ve hundirse a pocos metros del bote, sin salirse nunca del sendero- una muerte de marino.
Cerutti me busca con su mano, la mueve como una araña herida, lentamente, y empujándola con lo dedos, tratando no enterrarse las astillas mal pulidas que salen de la madera del bote.
-Que pasa hombre.
-Nada, nada... Solo necesitaba saber si estabas ahí. De repente sentí un frío horrible y que estaba solo... ¿Es algo irónico no? Con toda la tortura del día y morir sintiendo frío...- A cada palabra su voz se va transformando en ese ronroneo de gato viejo que reconozco en Tiberio- ¿Me prometes algo?
-Si, claro.
-Si sales vivo ¿cuidas a mi mujer?- Me dice, apretándome la mano levemente y sin titubear una sola vez, como pensando que realmente yo iba a vivir.
-... Si salgo vivo.
Tiberio, que está al otro lado del bote, suelta una risita asmática. Niega con la cabeza. Vuelve a mirar el camino de plata.

*           *           *           *
Soy un animal.
A medio día murió Cerutti. Fue una muerte tranquila; sus inspiraciones acompasadas se fueron alargando, alargando hasta que en cierto momento ya no volvió a inspirar más, se quedó ahí, quieto, con el aire contenido. Luego creo que quiso decir algo, balbuceo un par de cosas, algo así como fumo, o grumo, o humo, y luego boto todo el aire y se murió.
Quince minutos después, yo y Tiberio, sin siquiera decir nada, como si estuviéramos de acuerdo de antemano, saltamos sobre el cuerpo y nos bebimos cualquier liquido que saliera de sus venas y arterias cortadas, abriéndonos paso a mordiscos por entre la piel seca. Nos lo bebimos sin siquiera decir una palabra. Solo se escuchaba un sorbeteo enfermo y ansioso. Y esa sensación… beber, beber y tragar hasta que no se pueda, hasta que los líquidos chorreen por los labios, hasta decir basta. No quedó más que el pellejo seco, una versión disminuida y aberrante de nuestro compañero. Un monstruo, pequeño y áspero, con una mueca de tragedia en la cara, en ese cuello recién desgarrado. Nos bebimos a Cerutti, lo convertimos en otro fiambre que desaparecerá en el camino plateado.
Mi lengua y boca están menos secas y adoloridas. Puedo hablar casi sin problemas y me siento un poco mejor, aunque el dolor de cabeza y la sed persisten. Y a pesar de que el sentimiento de bienestar es impagable, nos comimos a Cerutti. Incluso a pesar de que nos ofreció su cuerpo, es un acto de lo más inhumano, grotesco.
-No te pongas fino, o vas a terminar igual- Me dice Tiberio, chupándose los dedos - Además, ahora por lo menos tienes mujer.
Mi padre le tenía miedo a la muerte por una sola razón. El creía que, tras muerto, uno seguía sintiendo las cosas que se le hacían al cuerpo. Por eso no quiso que lo cremaran, como es costumbre en la isla, sino que lo enterraran en una caja. Esto enfureció a sus parientes, “se cree blanco” decían mientras bajaba la caja de madera oscura por ese hoyo que sería su última morada. No hubo discursos, llantos, plegarias o flores, sólo la caja pesada bajando por ese hoyo hacia la oscuridad asquerosa de la tierra, lentamente, mientras mis tíos miraban a los pájaros en los árboles, mientras se fumaban un cigarrillo y negaban con la cabeza. Cerutti no veía la muerte de ese modo, pero ¿Y si fuera tal como la describía mi padre y, en efecto Cerutti hubiera sentido como le comíamos las muñecas y le rajábamos el cuello con nuestras uñas negras?
Quiero vomitar...

Cerutti a muerto.
Lo bebimos desde las muñecas, desde el cuello...
Que el Dios de la lluvia nos perdone.
Que el Dios de la lluvia lo acoja en su seno.

El sol de la tarde se está enfriando, ya pronto entrará al agua y dejara de molestarnos. Vendrá la noche, la tregua, y el ritual acostumbrado para nuestro amigo. La caminata final, por la calle que marca la luna.
*           *           *           *
Han pasado cinco días desde la partida de Cerutti. Debido al cansancio su recuerdo es nebuloso, incompleto; lo veo en el pueblo, caminando con su mujer por el mercado, la mujer más linda del pueblo y el hombre más envidiado. Luego subiendo a la barca con nosotros, y  su cara de espanto cuando se nos nubló el cielo y el bote simplemente dejó de moverse, y después… después el recuerdo de esas muñecas rasgadas y yo y Tiberio succionándole el cuello.

Al fin Tiberio está sucumbiendo al calor, ya no habla casi nada y no se ríe. No busca pájaros ni tampoco mira al mar, sólo se mantiene de espaldas a la sombra, sobre la vela rota, con los ojos cerrados y respirando, respirando.
- Ahora moriremos nosotros…- dice, sin su humor negro. Lo dice enserio- Me pregunto quien será el primero. ¿Quieres ser tú?
-¿Es una amenaza?
-No, sólo preguntaba… Además, no puedes morir, ahora tienes a una mujer que cuidar.
Se incorpora lentamente, la piel de sus brazos se ve seca y magullada, abre los ojos lentamente y hace una mueca de dolor. Tiberio, el hombre más robusto de la aldea, el galán, el matón, no es más que un saco de huesos quejumbroso, un hombre viejo y arrugado, acabado a fin de cuentas. Yo estoy bastante mejor, no me duele nada en exceso, debe ser por ese ultimo pez que logré agarrar; uno pequeño que pasaba por el costado del bote, chocaba contra él, como si quisiera romperlo con la punta de su boca, y chocaba, y chocaba, acerqué la mano y seguía chocando. Cuando lo tomé  apenas se movió dentro de mi mano. “¿que haces?” me preguntó Tiberio, no le respondí. Me eché el pez a la boca y lo mastiqué, crujió un poco, incluso podría jurar que gimió…

Tiberio habla del Dios de la lluvia, que viene a buscarnos en una nube y que nos llevara lejos, que lo sabremos por que habrá vapor en el horizonte justo antes de que aparezca. Que sólo debemos aguantar.
-¿Le preguntaste por qué no salvó a Kudán y Cerrutti?
-Dios no ayuda a los infieles- me respondió, y volvió a su trance.
Pobre Tiberio, está delirando, no creo que pase la noche siquiera. Estoy empezando a sentir los efectos del no beber agua, se me está hinchando la lengua de nuevo, y duele la nariz, los labios, los ojos. Me pregunto, después de beber a un compañero, a que sabrá nuestra sangre ¿Tendrá el mismo sabor que la de Cerutti? O sabrá a sal, amoniaco o feca. Tiberio ha comenzado a susurrar. Canturrea algo que no logro entender, y cada vez lo hace más rápido.
-No te canses- le digo, él no contesta.

Es de noche, quizás la última de Tiberio. No pasa nada extraordinario excepto que la luna ya comienza a menguar ¿Cuántas lunas más veré yo? Tiberio continua su canturreo, continua con sus profecías de salvación del Dios de la lluvia y en ocasiones casi le creo, pero luego empieza a hilar frases inconexas y ya no se le entiende nada. Se está volviendo loco.
Veo en un rincón del bote la camiseta que usaba Kudán, tiene un poco de sangre y algunas escamas de pescado que logramos atrapar antes de perdernos quien sabe donde. Kudán y su dios de la lluvia. De alguna forma logro que Tiberio creyera en él, y quizás Cerutti también, si es que su ultima palabra fue, efectivamente, humo, y no zumo, o cualquier palabra que tenga una u y luego una o… Creo que la sed me está afectando el pensamiento…
He llegado a pensar que comerme Tiberio no sería tan malo.
Él está apoyado al otro lado del bote, frente a mi. Y me observa.
-Hay que aguantar un poco más… sólo un poco… - Me dice, con su garganta rasposa, su ronroneo de gato.
Creo que sabe lo que planeo…
*           *           *           *
-Hoy es el día ¡Hoy viene por nosotros!
Tiberio se pone de pie, no se cómo, y agita los brazos. Su cuerpo escuálido y desnutrido da asco. Agita los brazos y sigue repitiendo la misma frase interminablemente.
-Siéntate y guarda fuerzas- le aconsejo.
Pero nada, sigue moviéndose y moviéndose como si eso realmente fuera a despertar al supuesto Dios de la lluvia. Me están empezando a doler los ojos. Quizás muera yo antes que Tiberio. Miro al mar en busca de más peces estúpidos, y siento que de repente todos los peces se volvieron inteligentes y que ni siquiera se molestan en acercarse para ver si seguimos vivos. Me duelen los ojos. “Están blandos” dijo en algún momento el bueno de Cerutti, y ahora sé que era verdad, sé que es lo que se siente.
Tiberio por fin se cansa. Se refugia detrás del mástil. Es la hora de más sol. Más o menos a esta hora nos dimos cuenta de que a Kudán le habían estado mordisqueando la pierna, hace una semana, y hace pocos días, quizás un poco más temprano nos comimos a Cerutti. Y ahora que lo pienso, no sabía tan mal. Quizás podría hacerlo de nuevo, lanzarme encima del cuerpo de alguien, directo a su cuello y morder, morder hasta que fluya la sangre y luego lamerla hasta que no quede nada, nada excepto esas carnes secas, pero aún palpitantes.

Puedo ver las costillas de Tiberio inflándose sin compás. Tiene la cabeza colgando sobre su pecho y cada vez que exhala es como si fuera la última vez. ¿Y donde está tu Dios ahora? ¿Donde está el humo? ¿La salvación?
De a poco su respiración se va apagando, cada vez las costillas se inflan más lento, y se vuelven a apretar, soltando un silbido que escapa quejumbroso por entre los cuatro o cinco dientes que Tiberio aún tiene. Finalmente se detiene. La cabeza se le va a un costado.
Me acerco lentamente.
-Tiberio… Tiberio- le susurro, no quiero quedarme solo – Tiberio.
Llego a su lado y lo muevo un poco. Nada. Un ave planea sobre nosotros. A veces agita las alas y se aleja un poco, pero siempre vuelve. En cierto momento, no se cuando exactamente, empieza a bajar. Se hace cada vez más grande y tratando de mirarla me encandilo. El sol está demasiado fuerte. Comienzo a  insolarme, de repente el cielo se puso verde. Tiberio sigue sin moverse, me parece que respira, no se.
El ave finalmente  desciende, se posa frente a mí, grazna algo, alza las alas.
-No te lo comerás, pájaro de mierda.
El pájaro da un salto hacia mí, con sus alas extendidas, es inmenso, casi de mi tamaño. Su cabeza, pelada y rojiza se asemeja a la de un hombre quemado, o a la de un niño, llena de ampollas, pústulas. Y me grita o gruñe con ese pico que se asemeja más a un garfio que a cualquier parte animal. Salta hacia mí, y me intenta empujar con las alas. Me alejo un poco. Se acerca a Tiberio y lo toca con la cabeza, lo empuja.
-Aléjate pájaro de mierda- Le grito, y con toda la fuerza que soy capas de hacer, le doy un puntapié que la aporrea contra el otro lado del bote- ¡Ese cuerpo es mío!
Me abalanzo sobre el cuerpo de Tiberio. Me abalanzo y ya no pienso. Muerdo, busco el cuello y muerdo. Siento en mi lengua un toque, una palpitación. Entierro los dientes en esa carne seca y salada…
-¡Aaahhhh!- grita Tiberio, y ya no es un grito humano, es un grito animal.
Yo sigo mordiendo y mordiendo hasta que doy con una vena, o una arteria, donde fluye la sangre a montones. La boca me lo pide, el estomago me lo pide. Tengo que vivir. Tiberio grita y se retuerce mientras yo sólo dejo que la sangre me entre en la boca a presión entre un latido y otro del corazón de mi amigo. El sabor, ese sabor, igual al de la sangre de Cerutti, ya no es tan desagradable…
-Gnaaaaak Gnaaaak- Grita el ave, y se posa en la punta del mástil roto a observarme. Quiere su parte.
Finalmente, en algún momento, después de los manotazos, o de los gritos incomprensibles, o los espasmos musculares, la sangre simplemente dejó de salir con fuerza. Para entonces, yo ya estaba satisfecho.
El ave bajó y se acercó con autoridad, aparecerían otras en pocos minutos.

Me retire a la punta del barco, aun sintiéndome mareado y débil. Los pájaros hacían festín del bastardo de Tiberio. Una le picaba un ojo, la recién llegada hacía lo suyo donde yo había mordido. El horizonte, al contrario de los días anteriores, muestra una columna de humo. A lo lejos, muy despacio logro escuchar una bocina de barco…

Quizá sea el Dios de la lluvia, que viene a salvarnos.





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