domingo, 10 de febrero de 2013

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Aún estoy un poco mareado del carrete de bienvenida. Anoche las mechonas intentan descifrar quienes son amigas y enemigas en ese nuevo mundo que se les presentaba. Todas nerviosas, borrachas, coqueteando con los alumnos más viejos mientras hacemos la cola para entrar a la Melody. Muchas nunca han bajado de plaza Italia o ni siquiera son de Santiago y la experiencia las asusta y encandila en igual medida. Ser grande, vivir Santiago. El Perro dice que la entrada está muy cara, nuestros compañeros están terminandose una mamadera de pisco en la esquina y no nos invitaron. No importa, nosotros tenemos los caños. Me siento fuera de lugar rodeado de tanta chica rubia y perdida. Al final convenzo al Perro para que nos vayamos a tomar unas chelas a la cantina del frente. Entramos y las iluminación verdosa, las rancheras, los cinco especimenes que tienen los ojos perdidos en las botellas de litro que se vacían lentamente nos dan mala espina.
-Se ven todas iguales - le digo al Perro, que parece no entenderme - Las mechonas se ven todas iguales, se visten igual, hablan igual, huelen igual.
El no me responde, le pide una cerveza al cantinero y nos quedamos viendo un partido mientras allá, en la discotec, las niñas bien aprenden a hacer cosas mal.


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