domingo, 10 de febrero de 2013


Mi foto con el gordo

Éramos sólo dos mesas en el único abierto en todo Coroico. Época baja dijo el tipo del hotel que se preocuparía sólo de nosotros por esta noche. En la otra mesa una pareja de gringos, típicos jóvenes que en un momento vieron el mapa y dijeron Bolivia. Apuntaron con un “cheers” a nuestra mesa y al tiro dije me carretear en inglés  al Chascónpelao. Pero tampoco hay nadie más dijo, ya con la respuesta ya hecha después de recorrer el pueblo dedicado a los turistas en fechas donde en ningún hemisferio está de vacaciones. Four jagermeister, please, dijo el gringo al sentarnos en su mesa, mientras se presentaban. Él era inglés y trabajaba sólo la mitad del año como chef en Inglaterra, y la otra mitad la dedicaba a recorrer el mundo. Conoció a Tina, la alemana en un restorant en Tanzania. We are writers dijo el Chascónpelao presentándonos. Dijo también en inglés que éramos chilenos y que yo llevaba años viviendo en La Paz. ¿Chileans? ¿ You had a war with Bolivia? Dijo extrañada la alemana como si nosotros fuéramos judíos en Palestina. Sí, claro, chilenos, pero qué raro que eso lo diga una alguienque viene de un país que le ha hecho la guerra a medio mundo, dije en mi pésimo inglés. I understand more than I speak era mi excusa cada vez que me tocaba hablar con un gringo que no supiera castellano y yo me enredara solo o se me olvidaran las palabras. Entonces la conversación fue sobre la guerra. La alemana contaba la historia de su abuela nazi que voy caer al Imperio y escribió todo lo que vivió en cartas. Entonces salieron al baile los ciéntificos que tenía el Hitler en Bolivia estudiando Tiahuanaco, y por el inglés llegamos al tema de los gurkhas, él contando el entrenamiento y nosotros la versión sudamericana de las Malvinas. El Chascónpelao mezcló todo y llegó a hacer la promesa de borrachos a la alemana que le enviara a su correo electrónico las cartas de la vieja alemana que pasó refugiada en su juventud, para que le sirvieran a él como documentos de apoyo para una novela que él tenía en mente. Y sólo en su mente, porque de eso ninguna hoja. Four more dijo el gringo al mesero, y el shot de esa mezcla de hierbas alemanas iba al seco. Un copete fuerte, pero no tanto como para poner esa cara, hacer ese rugido. Ni que fuera ajenjo la hueá le dije al pelao en castellano, como todos los comentarios por debajo que decíamos para que no cacharan. Entonces ahí hablamos de la absenta, de los poetas malditos, de las drogas de esa época y de ahí la trampa hecha para que la alemana preguntara si teníamos cocaína. El pelao me miró con cara de “está listo” y dije aplaudiendo a la altura de mi cara tranquilo, papá. La alemana tomó el brete, lo abrió y lo probó con naturalidad, como si se estuviera sonando o llevando un chicle a la boca, tal y como se debe hacer. Se lo pasó al gringo y como un novato miraba si es que el mesero estaba atento y todo alumbrado se metió el resto. I need privacy, dijo y nos fuimos de ahí donde ya estábamos fichados. Llegamos a otro bar cerca de la plaza, donde lo atendía un niño que no pasaba de los diez años. Como los gringos no iban a hacer nada, y el Chascónpelao pagaba esta ronda me tocó ir a mí ir a la barra ¿Quién atiende aquí? ¿Dónde está tu papá? El chico me dice ha ido ahisitos a buscar unas cajas, en un ratito vuelve, caballero. Me devolví a la mesa y le dije ¿Sabis qué pelao? No pasa nada aquí estando con cabros chicos y estos locos ya me tienen chato. Dejamos a los gringos que ya se habían transformado hace un buen rato y ya estaban densos, y con excusas en español y la promesa de vernos mañana nos fuimos de ahí. ¿Y dónde nos tomamos esta hueá? Dijo el pelao con un Casa Real Negro en las manos. Aquí en la plaza no más, poh pelao hueco, y nos instalamos en el frontis de la catedral de Coroico, tras un montón de nuevos adoquines que hacían de barra o barricada para nosotros, y que la gente los usaría al otro día en la remodelación de la plaza para las celebraciones del 20 de octubre. Con la botella de singani y un par de bretes que quedaban del negocio nos bastaba, mientras mirábamos cómo los maestros, ya ebrios tapaban con tierra los adoquines ya puestos, para acomodarlos antes de que las pisadas hicieran el resto del trabajo. El Macondo boliviano de los cocales parecía tranquilo, mientras los ebrios de una fiesta que no cachamos iban ya de vuelta a sus casas o pensiones. Al pelao le enseñaba cómo se hacía con la punta de una llave, mientras él seguía extrañadísimo de estar ahí, a las puertas de la catedral del pueblo al que se le llega por la carretera más peligrosa del mundo, con clima tropical y negros y tan cerca del altiplano, y que desde aquí salía toda la cocaína que mantenía los carteles en Colombia, los muertos en México, y claro, a los drogos de todo el mundo. Salió de ese embrujo cuando al rato se le acabaron los cigarros. Pana tan común y a la vez ahueoná de los fumadores compulsivos en lugares donde todo está cerrado. Después de putearlo por lo hueón que era, me acerqué a los maestros que ya se habían olvidado hace rato de las remodelaciones y ya todos estaban entre yucas y pijas. Le pedí un cigarrillo a un gordo panzón. Él me dio uno y la cortesía de ofrecerme su vaso con bocarrica. ¿De dónde son? preguntó el gordo. Chilenos le dije mientras daba del vaso que me pasó un poco a la Pacha, y le dije con vos al tipo de la cara cortada que venía en la ronda. ¿Cuánto tiempo llevás aquí? Le respondí que tres años, y al rato de conversa hicimos una seña al pelao que se escondía tras un vaso y el montón de adoquines que le hacían trinchera afuera de la catedral. Resultaba que el gordo había jugado por el Bolívar en sus buenos tiempos. Hermano, yo soy del Tigre, le dije.¡ Pero cómo pues! Tan hechos a los jailoncitos con su huevadita en Achumani, entre otras cosas decía el gordo en contra de mi equipo No cachai ná le decía al gordo con la paja de explicarles todo lo que era The Strongest a y también al Chascónpelao, que ya ebrio sólo por darme jugo se hacía hincha del wolewar. El loco de la cara cortada tenía un tajo tipo El Wasón, siguiendo en ambos lados la abertura de la boca, por lo mismo se tapaba siempre la cara con las ropas, por eso el apodo con que lo presentó el gordo fue por “el ninja”. Como tampoco tenía dientes no se le entendía un carajo, y cuando se bajaba la polera para dejar libre la boca, la saliva se le escapaba en cada palabra. Después fui yo el que daba jugo, y ya que el gordo fue futbolista, le decía que saltara como si estuviera en el área para un centro imaginario, yo marcándolo y dándole codazos en la lucha de una pelota que nunca caía, de eso media hora fácil. En eso como en una escena de otra película apareció el gringo corriendo de un lado a otro de la plaza gritando Tina, Tina. Le dije al pelao Se le arrancó la mina al hueón mientras la carcajada sonaba más fuerte que los gritos del gringo. El gordo con un simple andáte mandó a acostar al ninja, y recién ahí entró en confianza de contar la historia de su mujer que lo dejó por la chupa y que se llevó a su hija al Brasil. Yo abrazaba al gordo y le daba besos en la mejilla para consolarlo, mientras el pelao dijo sin cachar si nos decía eso a nosotros o sólo para él todas las mujeres son unas maracas. El singani se acabó a eso del amanecer y la entrada de la neblina. El gordo dijo tengo un ron en mi casa y en menos de cinco minutos estaba de vuelta con otro bocarrica es que no hay más quibo, chango, y yo de ahí no me acuerdo de más, ni de cuánto tomamos de esa botella, ni de cuándo pasamos a comprar la cajetilla de cigarros tenía llena el pelao en su chaqueta al otro día, ni de cuándo me tomé esta foto que ahora veo, yo sentado en la banquita, con la neblina haciendo borroso el fondo, abrazado al gordo, ebrio de felicidad y ya de día en la plaza de Coroico.

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