Mi foto con el gordo
Éramos sólo dos mesas en el único abierto en
todo Coroico. Época baja dijo el tipo
del hotel que se preocuparía sólo de nosotros por esta noche. En la otra mesa
una pareja de gringos, típicos jóvenes que en un momento vieron el mapa y
dijeron Bolivia. Apuntaron con un “cheers” a nuestra mesa y al tiro dije me carretear en inglés al Chascónpelao. Pero tampoco hay nadie más dijo, ya con la respuesta ya hecha
después de recorrer el pueblo dedicado a los turistas en fechas donde en ningún
hemisferio está de vacaciones. Four
jagermeister, please, dijo el gringo al sentarnos en su mesa, mientras se presentaban. Él era
inglés y trabajaba sólo la mitad del año como chef en Inglaterra, y la otra
mitad la dedicaba a recorrer el mundo. Conoció a Tina, la alemana en un
restorant en Tanzania. We are writers
dijo el Chascónpelao presentándonos. Dijo también en inglés que éramos chilenos
y que yo llevaba años viviendo en La Paz. ¿Chileans?
¿ You had a war with Bolivia? Dijo
extrañada la alemana como si nosotros fuéramos judíos en Palestina. Sí, claro,
chilenos, pero qué raro que eso lo diga una alguienque viene de un país que le
ha hecho la guerra a medio mundo, dije en mi pésimo inglés. I understand more than I speak era mi
excusa cada vez que me tocaba hablar con un gringo que no supiera castellano y
yo me enredara solo o se me olvidaran las palabras. Entonces la conversación
fue sobre la guerra. La alemana contaba la historia de su abuela nazi que voy
caer al Imperio y escribió todo lo que vivió en cartas. Entonces salieron al
baile los ciéntificos que tenía el Hitler en Bolivia estudiando Tiahuanaco, y
por el inglés llegamos al tema de los gurkhas, él contando el entrenamiento y
nosotros la versión sudamericana de las Malvinas. El Chascónpelao mezcló todo y
llegó a hacer la promesa de borrachos a la alemana que le enviara a su correo
electrónico las cartas de la vieja alemana que pasó refugiada en su juventud,
para que le sirvieran a él como documentos de apoyo para una novela que él
tenía en mente. Y sólo en su mente, porque de eso ninguna hoja. Four more dijo el gringo al mesero, y el
shot de esa mezcla de hierbas alemanas iba al seco. Un copete fuerte, pero no
tanto como para poner esa cara, hacer ese rugido. Ni que fuera ajenjo la hueá le dije al pelao en castellano, como
todos los comentarios por debajo que decíamos para que no cacharan. Entonces
ahí hablamos de la absenta, de los poetas malditos, de las drogas de esa época
y de ahí la trampa hecha para que la alemana preguntara si teníamos cocaína. El
pelao me miró con cara de “está listo” y dije aplaudiendo a la altura de mi
cara tranquilo, papá. La alemana tomó
el brete, lo abrió y lo probó con naturalidad, como si se estuviera sonando o
llevando un chicle a la boca, tal y como se debe hacer. Se lo pasó al gringo y
como un novato miraba si es que el mesero estaba atento y todo alumbrado se
metió el resto. I need privacy, dijo
y nos fuimos de ahí donde ya estábamos fichados. Llegamos a otro bar cerca de
la plaza, donde lo atendía un niño que no pasaba de los diez años. Como los
gringos no iban a hacer nada, y el Chascónpelao pagaba esta ronda me tocó ir a
mí ir a la barra ¿Quién atiende aquí?
¿Dónde está tu papá? El chico me dice ha
ido ahisitos a buscar unas cajas, en un ratito vuelve, caballero. Me
devolví a la mesa y le dije ¿Sabis qué
pelao? No pasa nada aquí estando con cabros chicos y estos locos ya me tienen
chato. Dejamos a los gringos que ya se habían transformado hace un buen
rato y ya estaban densos, y con excusas en español y la promesa de vernos
mañana nos fuimos de ahí. ¿Y dónde nos
tomamos esta hueá? Dijo el pelao con un Casa Real Negro en las manos. Aquí en la plaza no más, poh pelao hueco, y
nos instalamos en el frontis de la catedral de Coroico, tras un montón de
nuevos adoquines que hacían de barra o barricada para nosotros, y que la gente
los usaría al otro día en la remodelación de la plaza para las celebraciones
del 20 de octubre. Con la botella de singani y un par de bretes que quedaban
del negocio nos bastaba, mientras mirábamos cómo los maestros, ya ebrios
tapaban con tierra los adoquines ya puestos, para acomodarlos antes de que las
pisadas hicieran el resto del trabajo. El Macondo boliviano de los cocales
parecía tranquilo, mientras los ebrios de una fiesta que no cachamos iban ya de
vuelta a sus casas o pensiones. Al pelao le enseñaba cómo se hacía con la punta
de una llave, mientras él seguía extrañadísimo de estar ahí, a las puertas de
la catedral del pueblo al que se le llega por la carretera más peligrosa del
mundo, con clima tropical y negros y tan cerca del altiplano, y que desde aquí
salía toda la cocaína que mantenía los carteles en Colombia, los muertos en
México, y claro, a los drogos de todo el mundo. Salió de ese embrujo cuando al
rato se le acabaron los cigarros. Pana tan común y a la vez ahueoná de los
fumadores compulsivos en lugares donde todo está cerrado. Después de putearlo
por lo hueón que era, me acerqué a los maestros que ya se habían olvidado hace
rato de las remodelaciones y ya todos estaban entre yucas y pijas. Le pedí un
cigarrillo a un gordo panzón. Él me dio uno y la cortesía de ofrecerme su vaso
con bocarrica. ¿De dónde son?
preguntó el gordo. Chilenos le dije
mientras daba del vaso que me pasó un poco a la Pacha, y le dije con vos al tipo de la cara cortada que
venía en la ronda. ¿Cuánto tiempo llevás
aquí? Le respondí que tres años, y al rato de conversa hicimos una seña al
pelao que se escondía tras un vaso y el montón de adoquines que le hacían
trinchera afuera de la catedral. Resultaba que el gordo había jugado por el
Bolívar en sus buenos tiempos. Hermano,
yo soy del Tigre, le dije.¡ Pero cómo
pues! Tan hechos a los jailoncitos con su huevadita en Achumani, entre
otras cosas decía el gordo en contra de mi equipo No cachai ná le decía al gordo con la paja de explicarles todo lo
que era The Strongest a y también al Chascónpelao, que ya ebrio sólo por darme
jugo se hacía hincha del wolewar. El loco de la cara cortada tenía un tajo tipo
El Wasón, siguiendo en ambos lados la abertura de la boca, por lo mismo se
tapaba siempre la cara con las ropas, por eso el apodo con que lo presentó el
gordo fue por “el ninja”. Como tampoco tenía dientes no se le entendía un
carajo, y cuando se bajaba la polera para dejar libre la boca, la saliva se le
escapaba en cada palabra. Después fui yo el que daba jugo, y ya que el gordo
fue futbolista, le decía que saltara como si estuviera en el área para un
centro imaginario, yo marcándolo y dándole codazos en la lucha de una pelota
que nunca caía, de eso media hora fácil. En eso como en una escena de otra
película apareció el gringo corriendo de un lado a otro de la plaza gritando Tina, Tina. Le dije al pelao Se le arrancó la mina al hueón mientras
la carcajada sonaba más fuerte que los gritos del gringo. El gordo con un
simple andáte mandó a acostar al
ninja, y recién ahí entró en confianza de contar la historia de su mujer que lo
dejó por la chupa y que se llevó a su hija al Brasil. Yo abrazaba al gordo y le
daba besos en la mejilla para consolarlo, mientras el pelao dijo sin cachar si
nos decía eso a nosotros o sólo para él todas
las mujeres son unas maracas. El singani se acabó a eso del amanecer y la
entrada de la neblina. El gordo dijo tengo
un ron en mi casa y en menos de cinco minutos estaba de vuelta con otro
bocarrica es que no hay más quibo, chango,
y yo de ahí no me acuerdo de más, ni de cuánto tomamos de esa botella, ni de
cuándo pasamos a comprar la cajetilla de cigarros tenía llena el pelao en su
chaqueta al otro día, ni de cuándo me tomé esta foto que ahora veo, yo sentado
en la banquita, con la neblina haciendo borroso el fondo, abrazado al gordo, ebrio
de felicidad y ya de día en la plaza de Coroico.
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